sábado, 4 de noviembre de 2017



Confesión de vida triste
Aprovechando la  lucidez momentánea de la loca Betulia
Por Tito Mejía Sarmiento
Betulia me dice que tiene 40 años de edad y yo le creo en esta ocasión, porque me está hablando con el amable toque de la cordura y no con  el desparpajo de la insania que porta casi todos los días, en una esquina del paseo Bolívar con la carrera 43, en la caribeña ciudad de Barranquilla, donde suele frecuentar el resto de su tiempo, si es que a eso se le puede llamar así.
Betulia o simplemente Betu, como se le conoce por esos lares, es una mujer demasiado hermosa: ojos inmensamente marinos, piel canela que guarda el sol  para la lluvia del mañana, cuerpo apropiado, como diría un poeta para eternizar el amor. Su  abultado cabello negro aparentemente bien cuidado llega  a hacerle juego con el largo vestido rojo que luce hace más de un mes y que según ella, solamente  piensa cambiárselo por otro de color verde oliva, la próxima semana.
Le digo que me hable de su pasado y, llevándose levemente su mano derecha a la boca, me manifiesta con enorme voluntad que fue abusada sexualmente por su propio padrastro, un Viernes Santo a las 12 del mediodía, cuando ella tenía 10 años en su natal Fundación, en el departamento del Magdalena.
Unas lágrimas ruedan por sus mejillas, aprieta sus labios, mira para todos los lados, balbucea por momentos cuando continúa diciendo que “un  salvaje se aprovechó de mí cuando estaba sola en la casa porque mi mamá había salido para Aracataca a dar un pésame por la muerte de un familiar. Fue algo horrible y decidí irme para siempre de mi casa, sin avisarle a nadie, como  aquella ave que un día  emprendió su vuelo para nunca más volver a su nido, movida por el temor de ser víctima de otras aves rapaces con los consabidos acosos y abusos  sexuales”.
Noto que  su mirada carga soledades y el ceño de su rostro de proverbial belleza se frunce, cuando un transeúnte intenta galantearla lanzándole un beso al aire, y que ella esquiva en el acto con el temor infundado de la misma mujer que entró en un cuadro de depresión hace más de tres décadas, mientras la luna llena  de Barranquilla, esa luna chiquitín,  chiquitica, morenín, morenita como dice el inolvidable verso de Esther Forero, parece  conocerle todos sus secretos y le  debilita por instantes todos sus devaneos  a las 8 en punto de la noche de aquel sábado  21 de octubre de 2017.

En un descuido de la conversación, Betulia, cuyos apellidos no recuerda con exactitud, se agacha para extraer de una caneca de la basura, una lata abierta de sardinas, (luego me daría cuenta que tenía fecha de vencimiento caducada), para comerse lo que resta de ella.
Le digo que quiero ayudarla, recuperar parte de su pasado, y le prometo llevarla a un centro psiquiátrico, pero me suelta una risotada con estentóreos  gritos que albergan el silencio de la noche que avanza desesperadamente hacia las perennes sombras: “¿Para qué me quiere llevar a esa cosa? ¿Usted me cree  loca, señor?”,  riposta con vehemencia.
Dejo pasar unos diez minutos, mientras  se pasea en derredor de sí misma,  obnubilada,  como si sus pies descalzos no encontraran  ningún pavimento de apoyo e intenta  hablarme más fuerte para acariciar quizás  en una especie de fantasía despierta, chispazos pretéritos.
Luego, me dice repetidas veces en unos fugaces segundos de lucidez, que me espera mañana a la misma hora, en el mismo lugar de siempre.
Así lo hice, pero Betulia no acudió a la cita. Comencé desesperado  a indagar por ella, pero nadie daba razón. Hoy, 11 días después, pregunto por Betulia, la muchacha que se maquilla por las noches, que dice soñar despierta, que vaga  sin rumbo fijo con un trastorno mental no progresivo, y que en su  constante trasegar por la  vida lleva imbricada en su alma  la figura horripilante de su padrastro.
Desde entonces, acudo todas las noches a la esquina del Paseo Bolívar con la carrera 43 de Barranquilla, con la esperanza de verla nuevamente para intentar rehabilitarla con la ayuda de especialistas particulares y para que no siga siendo una mujer  más, como dice el colega Miguel Ángel Rojas Arias, abandonada, ignorada, vilipendiada por la sociedad estatal como si  fuera una especie silvestre, que no necesita más apoyo que el sol y la lluvia.


martes, 3 de octubre de 2017



Cuando un amigo profesor se va

“Murió el profesor  Etiel Morales Fontalvo”, le oí decir con  voz quebrada por el inmenso dolor, a través de la línea telefónica, la noche del 30 de septiembre de 2017, al escritor amigo, Pedro Conrado Cúdriz. Quedé mudo por varios minutos y respiré profundo para continuar la conversación. Horas después, no podía dormir pensando en el gran maestro de los años 70, en el Colegio Nacional Oriental de Santo Tomás, hoy simplemente Oriental.

Lo veía con su reír de niño travieso esparciéndonos con excepcional facilidad sus enormes conocimientos  de las implicaciones tautológicas, sus números volando en el tablero, consejos comportamentales, anécdotas graciosas, palabras cuánticas midiendo injusticias,  el flanco ordenado, la vida que pensábamos como formadores de generaciones futuras; todo eso apoyado, en un clima de familiaridad, de incumbencia, de libertad responsable, de amistad y de compromiso con todos los valores propuestos por nuestra amada institución orientalista.

¿A qué estudiante del Oriental, por ejemplo, se le va olvidar cuando el profesor Etiel lo pasaba al tablero y con voz barítona le decía: Dale tigre, resuelve por favor, el teorema de Pitágoras que  describe una relación especial entre los lados de un triángulo rectángulo? O hállame la respuesta del problema clásico del tabernero  matemático inglés Henry Ernest Dudeney que    compra seis barriles con capacidades de 15, 16, 18, 19, 20 y 31 litros respectivamente, mientras pregunta  cuál es la capacidad del último barril.

En esa geometría de las ironías del profesor Etiel y el aprendizaje del alumno flotaban las horas de lunes a viernes, en una jornada única e imborrable para todos nosotros.

Se suele decir que el licenciado Etiel Morales Fontalvo como todo buen matemático, aunque esto probablemente suene exagerado,  predijo la fecha de su muerte observando que cada día dormía quince minutos más que la noche anterior y calculó a lo mejor que fallecería aquel día que durmiera veinticuatro horas, y eso sucedió exactamente cuando un micro sueño lo traicionó,  mientras conducía su camioneta en la carretera oriental en el tramo comprendido entre Malambo y Sabanagrande.

Hoy sentimos un puñal que surca los espirales de nuestros corazones y llevamos el peso de un hombre adjunto a nuestra admiración que,  pareciera que viviese en un sueño largo y profundo, un hombre que nació del vientre de una humilde mujer, doña Clara Fontalvo, mujer que lo formó decidido y vigoroso como al resto de sus hijos  y que ahora  se nos difumina en medio de un mundo dividido, fragmentado por una ambición sin color, raza, religión, un mundo que se detiene en nuestras sábanas como el manso cachorrillo que se asoma a la odisea de la vida cuando la noche tiene ojos para todas las sombras y oídos para todas las melodías, no importa que el otoño queme las rosas.
Y hoy por casualidad estrenamos juntos ese otoño, donde la nostalgia está cosida a mano como ese delantal que guarda en su ropero mi madre, como dice un bello verso de la poeta hondureña Mayra Oyuela.
Mi solidaridad total para su esposa, hijos, hermanos y demás familiares.

Tito Mejía Sarmiento, poeta, profesor y locutor Colombiano
Santo Tomás, 2 de octubre de 2017

lunes, 4 de septiembre de 2017

El gran momento de la izquierda en Colombia


El gran momento de la izquierda en Colombia

Por Tito Mejía Sarmiento

Ya comenzaron a lanzarse como patos al agua, varios precandidatos para las elecciones del 2018, a la presidencia de Colombia, prometiendo lo humano y lo divino, como si la gente “comiera ya de esas carretas”. Y algunos con un cinismo enorme porque después de pertenecer a los partidos políticos que han mancillado durante largos años a los habitantes de la nación, verbo y gracia, Liberalismo, Conservatismo, Centro Democrático, Cambio Radical, Partido de La U., ahora pretenden a toda prueba, recolectar las firmas necesarias para respaldar sus aspiraciones presidenciales. Es decir, otra trampa mortal para nosotros. Bien lo dijo el columnista Felipe Morales Mogollón que “la proliferación de esas candidaturas deja en evidencia que no necesariamente se trata de una alternativa democrática, sino, por el contrario, una forma de pasarse por la faja la normatividad, la ley…”, así que ojo al parche, amigos y amigas, como decimos en el Caribe Colombiano.

Tengo la plena convicción por la crisis de partidos en grado sumo que está atravesando el país con tanta corrupción gubernamental, violencia en las calles, hambre en los hogares…, que ha llegado el gran momento para que un candidato del ala izquierdista llegue al primer solio presidencial.


Los candidatos de la izquierda, solo deben tener táctica política (aunar esfuerzos, dejar las fragmentaciones a un costado) y sobre todo, mucho cuidado con sus vidas para que no corran con la misma suerte de muchos líderes: Gaitán Ayala, Galán Sarmiento, Pizarro LeonGómez, Gómez Hurtado, Pardo Leal, Jaramillo Ossa, Cepeda Vargas  que cayeron bajo las balas asesinas del fascismo, grupos paramilitares y de la propia derecha obstinada de esta nación.

La gran mayoría de los colombianos conoce hasta la saciedad que los partidos tradicionales están sobreviviendo desde varios años gracias a la burocracia, al manejo de las famosas  mermeladas, pero ya dejan mucho que desear como partidos desde el aspecto ideológico y organizativo. Y ni hablar de las primíparas organizaciones políticas que todavía les falta mucha melena para recogerse los  moños.



jueves, 31 de agosto de 2017

¡La familia se une alrededor de Barranquilla World Picnic!

¡La familia se une alrededor de Barranquilla World Picnic!

jueves, 10 de agosto de 2017

martes, 18 de julio de 2017

Contra toda evidencia, el cuento

Por Tito Mejía Sarmiento*

Diez años estuvo asomado a la vida sin detenerse un solo día, largas noches e incluso madrugadas,  el buen narrador cartagenero, Juan Carlos Céspedes Acosta para regalarnos 24 relatos compilados en su nueva obra titulada “Contra toda evidencia, el cuento”.

Sea el momento para hablar  de los  ordenamientos atrayentes  que
se hallan en el texto, de la magnífica prosa que irrumpe en algunos relatos con una fuerza poética, iconografías que el autor le ha pedido prestadas a su propia poesía, advirtiéndonos que el cuento nace precisamente para ser contado desde todo punto de vista sin importar su placenta. De capital importancia, el estilo dialogado y sencillo que emerge de hechos trágicos en muchos de estos cuentos con una leve influencia  de Edgar Allan Poe, Juan Rulfo, Franz Kafka y Ernest Hemingway, sin caer en la imitación sino en  la señalada teoría del Iceberg organizacional de sus elementos, donde la parte consciente de los personajes de Céspedes, despierta a la inconsciente a simple vista, más allá de los cánones dictados por la propia secuencia gradual elegida y, la imperativa brevedad de los relatos que entre otras cosas,  generan una profunda reflexión en el lector que se enfrenta de paso a una lucha existencial con el  amor, la traición, la muerte, el caos social, como si él fuese otro personaje más y cuya vida puede transitar transparentemente alrededor de la órbita sideral de la misma narración, es decir el reflejo de una identidad siempre en búsqueda de la cual nos habla Cortázar.

Acercarnos a estos cuentos de Céspedes, es de algún modo un acto placentero, un catálogo de experiencias propias a favor del género literario que nos lleva a una realidad llamada ficción, la misma  donde solo se construye un mundo sobre otro ya demolido de común acuerdo con la propia esencia liberadora de los condicionamientos sociales.

No dudo un segundo en recomendar este texto “Contra toda evidencia, el cuento” de Juan Carlos Céspedes Acosta, quien con seductora franqueza nos revela una narración prácticamente omnisciente  a través de 136 páginas que ocasionan la magia que se conoce con el nombre de literaturización de la realidad.

Arresto, calidad, misterio, intimismo  en su escritura, es lo que hallará quien desde ya desee penetrar en esta estancia de narraciones que a continuación relaciono en un orden de prioridad con todo respeto del autor, lo cual equivale a una aproximación subjetiva de los temas en cuanto a gustos: Éxodo, Anábasis, Fiona, El ruido, La dialéctica de la bala, Solo vine a morir a este pueblo, El último jacobino, El cerezo siempre florece, Los ojos de otros, mis ojos, Café para dos, El secreto de las puertas, Señales, El sexto elemento, ¿Alguien más quiere leer?, Por aquí es peligroso, Un crimen perfecto… 

Buena por Juan Carlos quien logró establecer  un adecuado contexto a través de las distintas historias que conforman este libro, allende de la deducción de la fábula y de  sus representaciones dionisíacas.

Tito Mejía Sarmiento*
Filólogo de Universidad del Atlántico, poeta y locutor profesional.

sábado, 17 de junio de 2017



Si en este mes de junio, considerado el mes  del padre, estuvieras a mi lado, viejo César Mejía Pizarro (TITO)!
Por Tito Mejía Sarmiento

Imposible silenciar tu voz de mis oídos, papá.
Borrar tu imagen de mi memoria, también es imposible.
Desprender tu abrazo de mi cuerpo, es mucho más que imposible.
Tu piel es mi piel, viejo Tito.

Recojo el abril de tu vida para la mía, mi viejo amado.
Tus consejos jamás se gastarán, te lo juro,
porque los guardaré en mi corazón,
y tu inteligencia de contador empírico,
y hablante de dos idiomas (Español e Inglés) mucho menos,
porque será el manual de presencias
para los días que me siguen en esta carrera febril sin metas,
mi contertulio amado.

Ahora cuando acudo a los predios de mi infancia,
me acuerdo de ti, enseñándome
cómo manejar la primera bicicleta “Royal florido”
que me trajo el niño Dios por los años 60,
mientras Cipriano, Arnaldo y Nelson, mis otros hermanos,
se retorcían en cólera porque sus barcos piratas
no querían partir de aquel puerto imaginario
de la alberca que tenía mi abuela María Guadalupe
en el inmenso patio de arena blanca de su casa.

Cómo olvidarme papá,
de la cotidianidad de tu mundo interior
que transportabas a la esfera de la ternura
de mi madre Eloina, quien entre otras cosas,
te aguantó durante muchos años,
las travesuras del Casanova enamorador
que fuiste y ella  en su candor débil y triste,
te  esperaba impacientemente en la terraza de la casa
como si te hubieras ido de viaje.
A lo mejor ahora en el cielo, tú y ella estarán bailando magistralmente,
la canción “El Guayacán” interpretada por Lisandro Meza
que tanto te gustaba y por supuesto, el vals “Los bosques de Viena” de Johann Strauss.

¡Papá, yo quiero ser tu yo, disperso en mil amores!
Viejo Tito, en estos momentos la razón se levanta,
rompe los esquemas tangibles y la tristeza por otro lado,
toca el portón de las angustias,
traspasa el tiempo de evocaciones viejas con su aguda lanza,
mientras las huellas de la vida
quedan impresas en los ojos del alma
para siempre con sus lágrimas furtivas y rebeldes.
Entonces, sólo quedan entre otras cosas,
las fotografías sonrientes de épocas festivas, extrañas
y el cenicero con el último cigarro que fumaste
mientras jugabas dominó todos los domingos
en “El Nuevo Mundo” con tus amigos Rafael Visbal, el mono Bibio,
mis tíos Néstor y Gustavo entre otros,
la infaltable botella de menticol
y la libreta de apuntes con tu rosario de palabras en la mesita de noche,
en un intento de amor sin despedida, viejo hermoso.
Y también por supuesto, quedan Bertha, Vilma,
Mirna, Libia, Germán, Alex, Alejandra
y Kito escuchando tus pasos
con un amor verdadero y transitando caminos
sin tus manos por el resto de la casa.
Me queda un olvido repleto de recuerdos que eres tú, papá querido.
¡Qué orgulloso me siento de ti, papá!
¡Te amaré siempre, mi querido viejo Tito!

Tu hijo, Tito Mejía Sarmiento.
Poeta Colombiano