Have a wonderful year and a prosperous carnival! ¡Feliz año y próspero carnaval!
Por Tito Mejía Sarmiento
“Se fue en paz, con muy poco sufrimiento y rematando con un feliz año y próspero carnaval para todos”.
Ese fue el primer mensaje con el que me tropecé en el inbox de mi Facebook, la madrugada del 27 de julio de 2016. Según palabras de su hija María, el gran Teo Pérez Quintero, (hijo del famosísimo lector de noticias, narrador de boxeo y beisbol, Marcos Pérez Caicedo), había agonizado hacía pocos momentos de una penosa enfermedad, en Miami (EE.UU).
Juro que quedé anonadado por un buen rato, mientras lloraba por el amigo, a quien había conocido cuando trabajé en el Grupo Radial Colombiano de Barranquilla, gerenciado por su hermano, el también destacado locutor y periodista Marcos Pérez Quintero, a comienzo de los años noventa. Ahí, en esa cadena, Teo y quien escribe, servimos de traductores en Inglés, en los partidos de beisbol profesional colombiano narrados por Marcos Junior.
Si preciso más, la primera vez que lo conocí fue en la biblioteca departamental, hoy Meira del Mar, investigando sobre un trabajo que le había colocado un profesor de Lengua Castellana del Liceo de Cervantes, de donde salió egresado en 1976. Desde entonces seguí su trayectoria profesional en Colombia y los Estados Unidos, hasta el día de hoy, jalonada con la obtención de logros universitarios: Ciencias políticas y una laureada especialización en Finanzas en Manhattan College.
Con todo, aparte de los juicios para hilvanar este fragmentario panegírico, pero globalmente unitario además, Teo era poseedor de una voz privilegiada, tenía fluidez para unir pensamiento y palabra, es decir, lograba la frase exacta para el momento preciso. Como gran defensor y combativo que era del idioma Castellano, siempre nos decía que no nos olvidáramos de las palabras claves porque en cualquier instante las íbamos a necesitar ya que ellas eran como esas prendas guardadas en el ropero que a veces nos salvan cuando añaden jovialidad e improvisación.
Por algo, el reconocido locutor y periodista Abel González Chávez no escatimó esfuerzo para vincularlo en la nómina de Satélite, programa difundido por Emisora Atlántico con la conexión internacional a través del corredor americano. Emocionantes “los combates argumentales” sobre cualquier tema que Teo sostenía con el “cubano” José Marenco, el historiador Pepe Sánchez y por supuesto, Abel, el conductor del programa que se difunde de lunes a viernes en la franja de una a tres de la tarde.
No voy a apoyarme de un tajo en la premisa de que todo ser humano cuando muere es bueno, pero Teo, si lo era. Amén de ser una persona extraordinaria y genial, amaba el carnaval en todas sus manifestaciones. Apreciaba mucho sus amistades y las quería a cada instante. Su vida puede que se haya acabado pero su memoria y recuerdos vivirán por siempre y, golpearán el silencio con su inconmovible reposo que, causará como es lógico, una herida imposible de cerrar en la alborada de su esposa Yaneth, su hija María, sus hermanos y de sus amigos que tanto lo valorábamos.
Parodiando al poeta, traductor, crítico y lingüista español, Gabriel Ferrater Soler, el gran Teo será: “el recuerdo que tenemos ahora: ídolo impaciente para la fe sumisa del después".
Till we meet again, dear friend, Teo! ¡Hasta siempre querido amigo, Teo!
miércoles, 3 de agosto de 2016
sábado, 9 de julio de 2016
¡Lao y Víctor
Herrera, cuando la noticia corre por las venas!
Por Tito
Mejía Sarmiento*
Lao y Víctor se despiertan ahora más
temprano que nunca (tres y treinta de la madrugada) en sus respectivas
residencias, dándole muchas gracias a DIOS (son unos creyentes empedernidos) y
sin la necesidad de un reloj despertador. El motivo de este madrugón es
encontrarse otra vez en las comunicaciones, o mejor para “enfrentarse en la
difusión de sus noticieros en el horario
de 5:00 a 9:00 a.m., en su primera y única emisión. Víctor en Radio Tropical de
la cadena Radial La Libertad y Lao en Radio el Sol RCN y Radio 1 FM Estéreo”.
Pero también vale la pena aclarar a los
lectores que, “esa levantada tempranera”, no es una mera coincidencia, más bien
parece una inveterada costumbre que proviene de don Víctor Herrera De la
Espriella, su padre, uno de los hombres más cultos de Barranquilla, quien les
inculcaba que “había que levantarse lo más temprano posible de lunes a viernes bajo
los efectos motivadores del gran hacedor del universo, para realizar las tareas
escolares y para estar enterados de todos los aconteceres orbitales”. Y
quien aún a sus 103 años de vida vividos a plenitud, les recuerda con vigor
la frase del escritor y maestro del periodismo polaco Ryszard Kapuscinki que - “para uno poder escribir una hoja tiene que haberse leído
cien” –
“Nuestro padre, el mismo de las famosas efemérides
difundidas a través del radio - periódico “Informando” del siempre recordado
Marcos Pérez Caicedo, es el mejor consejero
que tenemos y de él aprendemos,
como es lógico, al pie de la letra las grandes lecciones de la vida”, responden al unísono estos dos
importantes valores de la radio y la televisión del Caribe Colombiano, nacidos
en una humilde vivienda del barrio Los Andes, hace más de cincuenta y seis
años.
Cabe destacar que cuando la ciudad aún
tiene en sus entrañas el peso acumulado de miles instantes reprimidos, Lao y
Víctor, los hermanos Herrera, hacen ejercicios diafragmáticos, guturales, se
dan el consagrado baño, saborean el aroma de una humeante taza de café
caliente, se llaman por teléfono entre sí, se visten con la pulcritud de los
hombres caribeños, se miran al espejo sin el lastre de ser otros sino ellos
mismos, para luego a las cinco en punto de la mañana, “estar prestos en la lectura de
las noticias, entrevistas y comentarios”
, y respondiendo como es lógico durante la emisión del noticiero, todas
las inquietudes y solicitudes de la audiencia como si hicieran parte de un
verdadero canto gregoriano de los caballeros crucíferos en la antigua Roma.
Entonces, los oyentes empiezan a llamar a sus respectivas líneas telefónicas,
“armándose una troyana guerra conceptual” con epítetos, particularidades… por
supuesto, sin pasiones.., gracias a estos dos hermanos de carne y huesos
nacidos, repito, en una humilde vivienda
del barrio los Andes, cuando en nuestra
ciudad se podía dormir con las ventanas abiertas para que la brisa caribeña
entrase por ellas sin pedir permiso.
Trayectoria
Sentados en el patio de la casa de
Víctor que está situada en el populoso barrio El Prado, con la presencia de su
padre y bajo la tímida sombra de un cúmulo de helechos y palmiches que sirve de
testigo mudo de esta entrevista, más unas eróticas gotas de lluvia que caen, y los no muy lejanos retratos de pintores
colombianos que ornan el ambiente, Víctor y Lao cuentan a los lectores de la
revista “La Urraka” sobre la respectiva trayectoria en la radiodifusión
colombiana de cada uno:
Lao: “Arranqué en la radio en 1974,
comentándole a Tomás Barraza Manotas en La Voz de la Patria, quien más tarde
me insinuó que narrara fútbol. Así lo
hice y me fui para Caracol Cúcuta, regresé a Barranquilla, narrando para
Emisora Atlántico, pasé a RCN en Santa Marta, Medellín, Cali, Pro - deportivo
Sutatenza en Bogotá con Armando Moncada Campuzano. Trabajé después en Todelar
Barranquilla, donde tú, mi querido Tito, fuiste a propósito mi voz comercial al
lado de Luís Alberto “Cheo” Feliciano y Efraín Peñate Rodríguez. Años más tarde,
me dediqué a la lectura de noticias en Caracol y después en Radio Tropical,
donde estuve vinculado varios años, en Barranquilla Estéreo un corto tiempo, y
ahora en Radio el Sol RCN y Radio 1 FM Estéreo.
Además, narré varias peleas de boxeo por
campeonatos mundiales, recuerdo aquella memorable por el título mosca
entre Fidel Bassa y Dave McAuley en Belfast, Irlanda del Norte,
al lado de los desaparecidos colegas Fabio Poveda Márquez y Ernesto McCausland.
Aquello, fue realmente épico por muchos aspectos: el clima, los jueces, el
público, el idioma Inglés, del cual, Fabio y yo no sabíamos ni jota, de vaina
McCausland que lo hablaba perfectamente. Fui elegido concejal de mi ciudad
Barranquilla con unos proyectos cristalizados”.
Víctor:
“Fundamentalmente, me inicié en calidad
de director deportivo en Todelar Barranquilla, años después pasé al Grupo
Radial Colombiano, luego a Caracol,
haciéndole comentarios con mi hermano Joao a Edgar Perea Arias. Entonces, hice un
cambio en mi vida radial y salté como editor político al periódico La Libertad.
Pero Tito, tú sabes que el gusanillo de la radio es incesante y regresé a ella
como reportero de la mañana en Caracol
al lado de Rafael Sarmiento Coley. Incursioné a la televisión, y allí me fui
abriendo paso en el periodismo social, fui el director Regional de noticias en
Caracol Radio. En Telecaribe hago
“Tertulia Caribe” con Martín Tapias. Ahora estoy desde hace bastante
rato en Radio Tropical con mi noticiero. Además, soy abogado pero nunca he
ejercido el Derecho y con el ánimo de
superarme cada día más, terminé una
maestría en Comunicación Social con énfasis en nuevas tecnologías”.
Los
Noticieros Radiales de hoy en la ciudad
Parecen escarbar en los recodos de sus
mentes para no herir susceptibilidades por algún nombre omitido, antes de
hablar de los colegas que leen noticias o tienen sus espacios como apoyándose
en la famosa sentencia del novelista israelita David Grossman: “Si humillas a alguien nunca tendrás un
buen vecino.”
Lao: “Casi todos los periodistas que dirigen noticieros en nuestra ciudad
tienen mundo, han sabido aprovechar la tecnología, tienen categoría, tocan
temas profundos porque tienen facilidad conceptual, respetan al oyente, sientan
su posición ante cualquier adversidad sin dejarse torcer. Por ejemplo, Jorge
Cura Amar es un excelente profesional, incansable, digno de admirar
indudablemente. Otro admirable es Osvaldo
Sampayo Cobo y Víctor López, en fin hay
mucha gente buena que viene abriendo surcos en las noticias, pero no hay
un buen lector de noticias como Marcos Pérez Caicedo, Gustavo Castillo García,
Ventura Díaz Mejía, tres monstruos de la época pasada”.
Víctor: “Hay una generación de gente en
el periodismo noticioso que está trabajando con principios mucho más éticos,
con más tecnología, verbo y gracia: Jorge Cura Amar, un ejemplo de un extranjero que es bien recibido en nuestra
ciudad por su calidad, excelente profesional que le sirve mucho a Barranquilla,
Osvaldo Sampayo Cobo que se acaba de ganar otro premio nacional de periodismo,
Henry Forero Jaramillo, Eduardo Hernández, quien a mi modo de escuchar tiene la
mejor dicción en la lectura de noticias,
el mismo Ricardo Díaz De la Rosa, entre otros. En fin, hay de donde
escoger sin lugar a dudas”
Sueños
por cumplir
Catalogados
por sus admiradores como unos locutores y periodistas destinados a la continua
búsqueda de mejoras para la ciudad y el Caribe colombiano e innovadores a
escala social que poseen una visión muy amplia, dicen simultáneamente que el
gran proyecto o sueño que tienen en mente es: “Trabajar juntos en un noticiero
de televisión con un nuevo plan de vida, un ritmo diferente de lunes a viernes,
y en donde podamos decir las cosas sin
ningunas limitaciones”.
Tito Mejía Sarmiento*
Licenciado en Filología e Idiomas, Universidad del Atlántico; poeta, locutor y docente de tiempo completo en el Instituto Técnico Nacional de Comercio (Instenalco), de Barranquilla.
Ganador del Quinto Concurso Nacional Metropolitano de Poesía, 2001.
Licenciado en Filología e Idiomas, Universidad del Atlántico; poeta, locutor y docente de tiempo completo en el Instituto Técnico Nacional de Comercio (Instenalco), de Barranquilla.
Ganador del Quinto Concurso Nacional Metropolitano de Poesía, 2001.
martes, 14 de junio de 2016
“El proletariado de los dioses”
“El cronista no tiene la verdad absoluta pues la verdad más valiosa es la que le cuentan sus personajes”
Juan Villoro
Por Tito Mejía Sarmiento*
Luego de haber leído con mucho detenimiento todas las crónicas que componen este libro, me queda la seductora sensación de que hay muy buenos cronistas en el Caribe Colombiano, entre ellos Paul Brito, que hacen distinción al género narrativo con el sano propósito de revalorarlo críticamente desde la configuración de nuestros días sin afectar como es lógico la credibilidad tradicional.

Quedé fascinado. Y lo manifiesto, no por ser su amigo, porque por encima de los compromisos de la amistad está la responsabilidad con la palabra, con la literatura o con el propio arte. Por algo, los entendidos en la materia: Ramón Molinares, Alberto Salcedo Ramos, Heriberto Fiorillo, Álvaro Suescún, Juan Isaza, Iván Bernal, Joaquín Mattos Omar, Pedro Conrado y Michael David Durán no dudaron tampoco en derramar en los diferentes medios de comunicación, un torrencial aguacero de buenos calificativos acerca del mismo.
Entonces, se me hace imperativo recomendar con lealtad lectora este texto por múltiples razones. La primera, porque en las aristas del relato hegemónico de cada crónica por ejemplo, comienzan a aparecer toda clase de personajes donde la omnisciencia del narrador los acompaña con buen tino en lugares por los cuales se mueven: colegios, centros comerciales, iglesias, gimnasios, pueblos lejanos de las urbe…, entendiendo que ellos no en todas partes se comportan de la misma forma.
Algo destacable por parte de Paul Brito es que sitúa en el centro a la gente común e incluso a su propio padre “el canario Brito” con distintos formatos: un día mi padre zarpó de las Islas Canarias, su tierra natal cuando tenía 19 años de edad para establecerse en América pensando que el mundo era redondo, redondo como un balón de fútbol (El manglar y el canario); unos jubilados jubilosos que recuerdan el cliché de que los viejos terminan siendo niños de nuevo (Jubilados jubilosos); o de unos pobres relojeros que dan la impresión de que el tiempo se estuviera agotando (El oficio de reparar el tiempo); unos muchachos que viven en los extramuros de la ciudad que se dedican a domar el tiempo a través del compás de su propio cuerpo bailando el breakdance (Instrucciones para quebrarse los huesos), y terminan haciendo, como es lógico, el trágico papel de hombres sabios de su propia persistencia.
La segunda razón, por la manera como fueron escritas las 14 historias, teniendo en cuenta los tres tipos de crónicas que se conocen: narrativa, descriptiva y argumentativa con una enorme profundización filosófica, permitiéndole a cada uno de sus personajes la ética que todo cronista debe respetar, ya que por lógica, es una condición sine qua non para percibir el universo literario que se desea, es decir, acá la vida misma gana con el encantamiento de la Literatura: Las manías, como las olas remolcan una promesa pero también una reclamación. El mar le concede a quien está en la playa todas las olas que mueren a sus pies, como un reflujo de las miles de generaciones que lo antecedieron, y los miles de impulsos y afanes que aún se agitan en su sangre (Maestros de la repetición).
Además, “El proletariado de los dioses” es un libro de viajes con atractivas metáforas
donde el estilo personal del autor está repleto de unos elementos valorativos que transportan al lector hacia donde él quiere y lo retorna satisfecho a su lugar de origen: parece mentira que una cosa tan inasible como el viento, tan abstracta, le cambie el rostro a la ciudad, modifique el comportamiento de sus habitantes, desfigure sus modales, los arrincone en la ridiculez y que el responsable ni siquiera se pueda señalar con el dedo (Una historia al viento). Y que ese mismo viento haga que un calvo agarre los tres pelos que lamen su cráneo y trate afanosamente de pegárselos de nuevo, pero la brisa burlona no se lo permita.
Paul Brito a lo Juan Villoro, reconocido escritor de México, tuvo que aventurarse a experimentar todo lo que implica escribir un texto de crónicas, debió tomarse todo el tiempo necesario para reconocer e interpretar la realidad, y también emprender la gran odisea para apropiarse de los hechos y espacios justos que se involucraron con los protagonistas de “El proletariado de los dioses”.
Gracias, Paul Brito por darnos a conocer tu libro, a mí personalmente, me sirvió para interpretar otro valor agregado acerca de la crónica. Por algo, es tan grande y secreto el techo del mundo que a él mismo le sacamos las verdades sin que se dé cuenta.
Tito Mejía Sarmiento*
Licenciado en Filología e Idiomas, Universidad del Atlántico; poeta, locutor y docente de tiempo completo en el Instituto Técnico Nacional de Comercio (Instenalco), de Barranquilla.
Ganador del Quinto Concurso Nacional Metropolitano de Poesía, 2001.
domingo, 15 de mayo de 2016
La incapacidad de recordar la palabra correcta
¡Estoy muy preocupado porque desde hace varios días, se me están olvidando como por arte de magia, algunas palabras a pesar de tenerlas ya en la punta de mi lengua!
Por Tito Mejía Sarmiento*
Un amigo de tertulias literarias, parrandas…, y cuyo nombre no voy a revelar por razones obvias, últimamente cuando hablamos me dice: “Estoy muy preocupado porque desde hace varios días, se me están olvidando como por arte de magia, algunas palabras a pesar de tenerlas ya en la punta de mi lengua”.
La desesperación de mi amigo se vuelve superlativa porque él está convencido desde todo punto de vista que es Alzhéimer, esa enfermedad mental progresiva que según los especialistas se caracteriza por una degeneración de las células nerviosas del cerebro y una disminución de la masa cerebral; las manifestaciones básicas son la pérdida de memoria, la desorientación temporal, espacial y el deterioro intelectual y personal.
Mi amigo me manifiesta con temor que el Alzhéimer parece que lo estuviera encerrando en un cuadrilátero del cual no puede bajarse y lo peor, según él, varios miembros de su familia ya están bañándose en el piélago de ese monstruo de irreverente olvido.
Entonces, yo para hacerle un gordo favor le digo ¡qué alzhéimer ni qué carajo!, ¡que no se preocupe que eso es algo que la mayoría de las personas experimenta!; es decir, el, habitualmente, natural proceso de verbalizar unas frases, palabras (por ejemplo, “la cosa esa” cuando se refiere a nombres propios) que ocasionalmente usamos y que de algún modo, se queda atrancado debido a un molesto bloqueo mental que probablemente queremos emplear tratando de ganar tiempo, mientras llenamos el vacío de las palabras olvidadas.
Además, lo animo diciéndole que eso hace parte de una situación letológica. (Una palabra moderna derivada del griego lethe, olvido y logos, lenguaje y le recuerdo unos libros que dicen que en la mitología griega, Lethe era también uno de los cinco ríos del mundo subterráneo, donde las almas de los muertos bebían para olvidar todos los recuerdos terrenales y Lete o Leteo, cuyo nombre significa olvido, era una divinidad nacida del Éride ,conocida también conocida como la Discordia, concebida como una abstracción, y hermana de Hipno , el sueño- y Tánato , la muerte-).
Cabe destacar que la utilización del término letológica se atribuyó popularmente a Carl Gustav Jung, médico psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo a principios del siglo XX, pero los primeros registros datan de la edición de 1915 del Diccionario Dorland Enciclopédico Ilustrado de Medicina, que definió letológica como la "incapacidad de recordar la palabra correcta".
Para darle colofón a esta no muy extensa apreciación conceptual, le manifiesto a mi temeroso amigo que nuestras mentes son asociativas y se cimientan con base en unos modelos de indagación interconectados, por eso, para que podamos recordar una palabra depende de unos generosos patrones con otras partes importantes de informaciones sobre todo lexicales, por ejemplo en vez de “embrollo”, acudimos minutos más tarde a “enredo, maraña, lío, caos, barullo” y así sucesivamente.
Por eso, mi estimado amigo, no te preocupes tanto y te recuerdo de paso lo que dice la gran poeta italiana María Paz Argentieri, en uno de sus versos del poema Prólogo:
“Si coges los numerosos cabos
de cualquier hilo
e intentas contarlos
entre los dedos te quedan
deshilachados, pero
vuelven al origen
de la madeja informe”.
¡Ah y se me olvidaba algo, tú eres y serás siempre, uno de mis mejores amigos de esta y de todas las vidas!
Tito Mejía Sarmiento*
Licenciado en Filología e Idiomas, Universidad del Atlántico; Poeta, locutor y docente de tiempo completo en el Instituto Técnico Nacional de Comercio (Instenalco), de Barranquilla.
Ganador del Quinto Concurso Nacional Metropolitano de Poesía, 2001
lunes, 11 de abril de 2016
¡Para que el recuerdo sea el primer invitado de todos los días!
¡Para
que el recuerdo sea el primer invitado
de todos los días!
Por Tito Mejía Sarmiento *
“Hay personas que nunca se van, que los pueblos no dejan
ir, que permanecen en los parajes más secretos de la memoria colectiva”. (Ramón
Molinares Sarmiento)
Este 29 de abril de 2016, se
cumplen 12 años del infame asesinato de mi hermano Nelson Ricardo Mejía Sarmiento,
a pocos metros de las instalaciones del DAS en Barranquilla, cuando fungía como
alcalde de Santo Tomás, Atlántico, siendo presidente de Colombia, Álvaro Uribe
Vélez.
Se han escrito tantas
páginas acerca de él, algunas clamando verdad y justicia por su asesinato;
otras reconociendo al gran líder carismático que, según opinión de muchos,
sentó un precedente sobre una forma de hacer política en Santo Tomás, guiada
bajo los principios de honradez y honestidad teniendo como fin último el
bienestar del pueblo, pero la página que nos interesa a todos, especialmente a los
familiares, es decir, sobre los autores
que dieron la orden o determinaron acabar con la vida de mi hermano, aquel
maldito 29 de abril de 2004, ya no se dice absolutamente nada de nada. ¡Todo sigue en la impunidad!
Por eso, mi madre querida Eloina Sarmiento Charris, a pesar de haber perdido un
poco la memoria a sus 87 años de vida y no es para menos, con justa razón se pregunta mientras en el mar de sus ojos, solo se balancean grandes
olas de tristeza: ¿Entonces, quién mató a mi hijo Nelson?
En la búsqueda de esa respuesta comienzo a incorporar un
collage de textos, fotos, novelas, poesías, panegíricos que parecen inconexos
pero que juntos transmiten, un universo personal, tangible, con inquietudes,
virtudes... Hago un pequeño recorrido aleatorio (instantes de su vida) que me parece
fundamentalísimo y que de alguna manera siento que lo define:
Veo a Nelson,
el niño enjuto, de orejas que llegan al cielo, simulando curar con unos
alambres eléctricos que hacen las veces de estetoscopio, a otros niños de su
edad en la cuadra de la calle Independencia (casa marcada con el número 1262,
donde nació el 14 de junio de 1956) como presagiando quizás, ese universo
hipocrático que lo esperaría años más tarde para satisfacción personal,
familiar y de la sociedad, esa sociedad que lo anidó para siempre en su corazón
y que lleva en los ojos desde aquel trágico 29 de abril de 2004, un rebelde dolor que todo el mundo mira.
Después de haber culminado su bachillerato en el
colegio diversificado Oriental de Santo Tomás a los 16 años de edad, Nelson viaja a la ciudad de
Cuenca, capital de Azuay en la vecina
República del Ecuador con el inmenso propósito de estudiar Medicina, carrera a
la cual le haría el amor todos los días sucesivos de su existencia para mitigar
el dolor de sus semejantes en un derroche vital al servicio de la amistad sin
límites.
En aquella fría capital ecuatoriana, Nelson a pesar de los “apuros
económicos” por los que atraviesa, le imprime a su ángulo de estudio un giro de
ciento ochenta grados, para ocupar los primeros puestos en casi todos los semestres
en la famosa Universidad Estatal de Cuenca.
Latente está en mis retinas cuando yo trabajaba en
Valledupar entre los años 70s, y parte de los 80s, su inconfundible escritura
con la letra (L) meciéndose de izquierda a derecha y viceversa, solicitándome a
través de una extensa misiva que le enviara mensualmente más de cinco mil Sucres
(moneda de aquel entonces) por la devaluación del peso colombiano ya que
necesitaba comprar unos libros de Medicina con énfasis en Pediatría, su fuerte
académico y en donde encontró ríos de límpidas y sosegadas linfas que
abreviaron su ávida sed de saber, de
aladas ideas y de pensamientos profundos.
El
18 de agosto de 1982, Nelson recibe el título de Doctor
en Medicina y Cirugía.
A
la ceremonia de graduación asistió mi madre Eloina Sarmiento Charris, quien de
regreso a nuestro terruño por la vía aérea, mostraba orgullosamente a los
pasajeros que se sentaron cerca de su silla, el diploma de su hijo médico. Y no
era para menos, su vientre había parido tal vez como dice el connotado escritor
Ramón Molinares Sarmiento en uno de sus relatos publicados en la prensa de
Barranquilla: “Nelson fue y será uno de los mejores médicos de Santo Tomás en toda su
historia. Y nunca antes este pueblo de más de veinte mil habitantes había
convertido a un hombre en objeto de tanto amor. Nelson era un corazón de
puertas abiertas, por donde, sin pedir permiso, entraba todo el que quería a
cualquier hora del día o de la noche. En ese corazón tan grande como una casa,
el desamparado sabía que podía encontrar y hacer suyo lo que necesitaba de la
alacena o del armario de los medicamentos”.
Sin
ser yo ningún arúspice creo que mi
hermano Nelson curaba con sus ojos
llenos de afectos y su voz baritonal, específicamente cuando se trataba de
infantes. Porque no hay, no pasa por la mente del hombre ni un solo concepto
que no sea afectivo, en grado mínimo o en grado sumo. Y el médico Nelson
Ricardo Mejía Sarmiento al intuir una realidad cualquiera, su querencia
estaba implícita en su misma comprensión con los pacientes, a quienes veía como
tales y no como clientes. Definitivamente, Santo Tomás y otros pueblos circunvecinos tenían en Nelson a un filántropo de tiempo
completo.
Y no se puede dejar a un lado, la significativa
influencia que Eros ejerció sobre Nelson,
galán de noble estirpe, que una veintena de hermosas mujeres configuran su
producción idílica como un cáliz maravilloso que permite apurar los ensueños de
la pasión.
Puedo afirmar que Nelson
antes que amar a mujer alguna, jugó
su febril corazón al azar y se lo ganó el mismo amor. Nelson tenía una idea perfeccionista del Romanticismo, y por eso se
enamoró muchísimas veces, en busca de ese amor ideal que sólo lograba encontrar
bajo la madrugada de sus ojos.
En un país angustiado y salpicado por la crisis social
y la guerra, Nelson llegó a ser
elegido dos veces alcalde popular de Santo Tomás para los períodos
constitucionales de 1995 a 1997 y de 2004 a 2007 (obteniendo las
más altas votaciones en la historia del
pueblo tomasino y realizando una magnífica labor en su primera administración:
¡Ahí están las obras, ante los ojos de todos!) pero unas balas asesinas acabaron
cobardemente con él, aquel 29 de abril de 2004 a las 12:45 de la
tarde.
Segundos después, la vida a todos los habitantes de la
población se le vino encima como un volcán de iracunda erupción que todo el
mundo conoce. Y el pueblo que es soberano y constituyente primario no se convirtió
en el payaso de la realidad y supo interpretar la historia, eligiéndolo
nuevamente por tercera ocasión aun estando muerto, en la persona de su esposa Onésima Beyeh
Cura, el domingo 27 de junio de 2004.
¡Cómo borrar de mis retinas, su ataúd cubierto de
flores, panegíricos, canciones, poesías, afiches y estampas entregadas por
desconocidos y desconocidas que también lloraban su muerte!
¡Cómo olvidar a la multitud vivándolo, aplaudiéndolo y
pidiendo justicia bajo el torrencial aguacero de aquel primero de mayo de 2004.
Ni aquellos abrazos solidarios que recibí esa mañana, de personas que al
estrechar mi cuerpo, se sentían a lo mejor un poco más cerca de Nelson!
Si el sentido de la vida es llegar a ser querido, sé
que partió pleno.
¡Nelson ya
no está, eso es cierto! Lo más terrible de la muerte es el propio vacío, la
ausencia eterna de su materia. Ya no puedo volver a abrazarlo, mamarle gallo,
pelear con él… Tampoco podemos seguir añorando a Nelson sin ser consecuentes con las reflexiones y retos que nos
legó. Su erguida herencia ante todo creativa, combativa, trabajadora, emplaza a
todos los tomasinos y tomasinas de hoy a investigar para la sana discusión,
para no dejar en el estricto pretérito los hechos que construyeron y cambiaron
a nuestra amada tierra tomasina antes y después del gran líder llamado Nelson Ricardo Mejía Sarmiento.
Nelson no sabía que
lo iban a matar. Lo que sí sabía, es que un grupo de amigos escritores como
Ramón Molinares Sarmiento, Pedro Conrado Cúdriz, Aurelio Pizarro Meola, Roberto
Sarmiento Fontalvo, Manuel Guillermo
Ortega (Guillermo Tedio), Moisés
Fontalvo Escorcia, Aurelio Pizarro Meola, Edwin Navarro Bravo y yo lo íbamos a recordar para siempre, y que
parodiando al maestro Héctor Abad Faciolince, lucharíamos por rescatarlo del
olvido al menos por unos cuantos años más, que no se sabe cuánto duren, con el
poder evocador de las palabras
para que el alba, se haga alba en la eterna cantata de sueños, y de paso los
recuerdos se conviertan en poemas cuando el viento empiece a abrazar vivencias
y las golondrinas pueblen los inviernos de nuevo en las copas de los árboles, para
que su memoria sea la memoria de otras memorias y por supuesto, para que ¡para que el recuerdo sea el primer invitado
de todos los días!
Tito
Mejía Sarmiento* Poeta, Locutor profesional, Licenciado en Filología e
Idiomas (Universidad del Atlántico). Docente de tiempo completo en el
Instenalco de Barranquilla.
sábado, 27 de febrero de 2016
A la memoria del locutor, Gustavo Castillo García, fallecido el 17 de febrero de 2016, en Barranquilla. Esta entrevista me la concedió el 9 de octubre de 2010)
(A
la memoria del locutor, Gustavo Castillo García, fallecido el 17 de febrero de 2016, en
Barranquilla. Esta entrevista me la concedió el 9 de octubre de 2010)
Siempre
seré el número 1: Gustavo Castillo García
Por
Tito Mejía Sarmiento
“Inventé la cuña: Tarde o temprano su radio será un Phillips y Murcia se lo vende en la calle de Jesús_ Marcos Pérez me fregó después porque sacó otra agregándole. ‘”Philco se lo fía”, recuerda Gustavo Castillo.
Con su chispeante buen humor, Gustavo Castillo García recuerda que él nació “en Magangué, la tierra del coroncoro muelón, pero los mejores momentos de mi vida han transcurrido en Barranquilla, en donde siempre seré el número uno en el periodismo radial, y ni hablar del peluquín, doña Obdulia”. Era, en esos años de 1960 a 1990, el dueño de la sintonía radial. Además, cuña que se convirtiera en éxito era producto del talento de este genial locutor. La cita estaba planeada con tres días de antelación para un día de septiembre a las nueve de la mañana, gracias a los contactos de los colegas Eduardo Hernández Vega, Julio Castaño Bossio y Pepe Sánchez.
“Inventé la cuña: Tarde o temprano su radio será un Phillips y Murcia se lo vende en la calle de Jesús_ Marcos Pérez me fregó después porque sacó otra agregándole. ‘”Philco se lo fía”, recuerda Gustavo Castillo.
Con su chispeante buen humor, Gustavo Castillo García recuerda que él nació “en Magangué, la tierra del coroncoro muelón, pero los mejores momentos de mi vida han transcurrido en Barranquilla, en donde siempre seré el número uno en el periodismo radial, y ni hablar del peluquín, doña Obdulia”. Era, en esos años de 1960 a 1990, el dueño de la sintonía radial. Además, cuña que se convirtiera en éxito era producto del talento de este genial locutor. La cita estaba planeada con tres días de antelación para un día de septiembre a las nueve de la mañana, gracias a los contactos de los colegas Eduardo Hernández Vega, Julio Castaño Bossio y Pepe Sánchez.
Hicimos sonar el timbre en
tres ocasiones en una casa del barrio Paraíso de Barranquilla, antes de que
apareciera Gustavo Castillo García en compañía de Jorge Iván, uno de los seis
hijos del matrimonio con la agraciada dama manizalita Ruth Valencia de
Castillo.
Tarde
o temprano.
En la amplia sala de su casa
se exhiben hoy estratégicamente varias clases de aquellos radios de la época de
oro de las emisoras radiales, sobre todo uno marca Phillips, “el mismo de…
Tarde o temprano su radio será un Phillips y Murcia se lo vende en la calle de
Jesús”, como decía el jingle grabado con la voz del carismático hombre de radio
nacido el 5 de marzo de 1932 en Magangué, Bolívar.
Se miró azaroso en el espejo
grande que cuelga en la pared de la sala como retrotrayendo al hombre bohémico
de 30 años atrás, que como casi todo hombre caribe se pegaba sus escapadas
porque no era ningún santo, pero eso sí, no abandonaba para nada su exitosa
labor periodística. Según algunos de sus colegas más allegados como Rafael
Sarmiento Coley y Ricardo Díaz De la Rosa: “Paralizaba, más que todo en la
mañana, a la ciudad y sus alrededores con su noticiero ‘La Costa en Noticias’.
Este ícono de la radio
colombiana, hoy retirado en sus cuarteles de invierno, acaparaba una influyente
audiencia producto de su inigualable manera de leer las noticias, ornadas con
inigualable chispa humorística, un poco de sensacionalismo y expectativas que
al fin y al cabo le sirvió para realizar varias campañas en pro de
Barranquilla, como la adquisición de nuevas máquinas para el Cuerpo de
Bomberos, construcción de escuelas, donación de sillas de ruedas y hasta
féretros para la gente de bajos recursos.
Hombre
de partido.
Durante la entrevista luce
un pantalón blanco con suéter rojo, haciendo alusión al Partido Liberal al que
ha pertenecido desde hace mucho tiempo. Se mira un poco asombrado el tinturado
negro de sus cabellos, y siente inmensa felicidad ante la solicitud de la
entrevista para El Heraldo y revista La Urraka, órganos informativos que lee
sagradamente, y la que toma como un reconocido homenaje a su carrera profesional:
“¡No
joda!, al fin se acordaron de mí”, dice con una sonrisa de felicidad
plena en su rostro.
Los
pininos.
“Me inicié como locutor en
Transmisora Caldas de Manizales. No preciso la fecha exacta, solo recuerdo que
estaba en la plenitud de mi juventud. Cuatro años después me vine para
Barranquilla contratado por el empresario antioqueño Gustavo Cardona Agudelo,
quien me vinculó a Emisoras Variedades. Después pasé a la Cadena Radial del
Caribe (CRC), de Hernando Francisco Bossa. Luego estuve en Riomar de Todelar,
La Voz de la Patria, de los hermanos Vasallo, unos italianos que lograron
imponerle a su emisora un sonido con tonalidad perfecta, a pesar de estar en
amplitud modulada. En La Voz de la Patria duré alrededor de 11 años. Estuve
vinculado también a Radio Libertad, de don Roberto Esper Rebaje; Emisoras ABC y
Radio Reloj de la cadena Caracol, entre otras estaciones radiales”.
La
novia de Barranquilla
Su agitada vida radial no se
limitó al simple oficio de ‘locutor de cabina’. También dejó una brillante
impronta en la animación de programas en vivo. ¿Quién no recuerda, por ejemplo,
‘Aquí la Costa’, ‘La Tómbola Murcia’ o ‘Las cosas de mi tierra’?, programas que
fueron creados y dirigidos por este fabuloso hombre de la radio colombiana, de
donde surgieron grandes figuras de la décima, el humor y el canto como Manuel
Rodríguez, Rodriguito; Orfelio Lara, Facundo Arzuza, Gabriel Segura, Luis
Bernal, Mingo Martínez, el compae Manué, Nelson Pinedo, Alci Acosta y la
queridísima Esther Forero, la gran compositora e intérprete de muchos éxitos, a
quien bautizó como La novia de Barranquilla, cometiendo de paso, en uno de esos
chispazos suyos, un gazapo idiomático que hasta hoy ningún filólogo o lingüista
se ha atrevido a contradecir en cuanto a su género, siendo que novia y
Barranquilla, pertenecen al femenino.
Castillo García recuerda que
“un
domingo, cuando presentaba el programa en el radioteatro de La Voz de La Patria,
llegó Esthercita Forero vestida toda de blanco, y sin pensarlo dos veces dije a
los presentes y oyentes: “Con ustedes, la novia de Barranquilla, Esther Forero…
y así se quedó para siempre”.
Cuando se le pregunta por el
colega a quien más agradezca por algún aporte en su carrera de locutor, por
momentos se queda pensativo, cierra los ojos y se agarra el bigote con su mano
derecha para responder: “Hay un hombre que yo quiero muchísimo. Ese
es Ventura Díaz Mejía. Me tendió la mano cuando más lo necesitaba. Con el
actual Embajador de Colombia en Jamaica fundé el ‘Diario hablado’ (la manta que
no respeta pinta). También aprecio a Édgar Perea Arias, Abel González Chávez,
Tomás Barraza Manotas, con quienes formé, siendo su director, aquel famoso
grupo cuyo eslogan era: ¡Tranquilos, que el equipo gana!
Sobre el Carnaval tiene una
anécdota que nunca olvida. “Cuando la reina fue la inolvidable Julieta
Deivis Pereira, bajo los efectos de un guayabo trepidante le hice un
inolvidable estribillo o lema: “En los carnavales de Julieta que nadie más se
meta”, que más tarde se convirtió en una recordada canción grabada por los
Hermanos Martelo”.
Ficción
futurista
En medio del diálogo empieza
a recordar episodios de su infancia. Su voz parece esconderse entre la
fragilidad de las palabras, como una ilusión de espesa hojarasca que apresa
madrugadas mezquinas de su tierra natal, allá por los años cincuenta, cuando
bajo la misma luz de los primeros rayos del sol, los pescadores del río
Magdalena se disputaban la subienda de enero y febrero en un alucinante portal
caribeño que envidiaría hasta el más desprevenido poeta. Entonces, saca fuerzas
del diafragma como lo hacía delante del micrófono:
“Les recomiendo a los nuevos
colegas que se preparen, que lean, que se informen, para que mañana más tarde
no les metan el dedo en la boca. Que se lean las veces que quieran ‘Cien años
de Soledad’, de Gabriel García Márquez, donde se plantea magistralmente una
realidad ficticia o una ficticia realidad, y otra novela muy hermosa: ‘Un mundo
feliz’, de Aldous Huxley, donde uno puede capturar al vuelo una ficción
futurista de carácter visionario y pesimista de una sociedad regida por un
sistema de castas, y donde se imagina una sustancia o droga llamada soma,
utilizada con fines totalitarios”.
lunes, 25 de enero de 2016
Gustavo Barros González, el cantante original de “Que me
coma el tigre”
Por
Tito Mejía Sarmiento *
De
una casa pintada en su totalidad de blanco en el barrio San Nicolás de
Barranquilla, emana una voz a capela con un dejo de nostalgia, mientras en
el cielo en ese preciso momento cruza rauda una bandada de pájaros, en el
atardecer del 5 de enero de 2016:
“Tú lo que quieres es que me coma el tigre,
que me coma el tigre,
que me coma el tigre,
mi carne morena.
Tú lo que quieres es que me coma el tigre,
que me coma el tigre, que me coma el tigre,
mi carne está
buena.
Tú lo que quieres es que me coma el tigre,
que me coma el tigre, que me coma el tigre,
mi carne es sabrosa.
Tú lo que quieres es que me coma el tigre,
que me coma el tigre, que me coma el tigre,
déjate de cosa…
Entonces, me subo en el árbol, me subo en la loma,
me tiro en el río.
El tigre se sube en el árbol, se sube en la loma, se tira
en el río.
Entonces, me salgo del río, me meto en tu casa donde
no me vea.
El tigre se sale del río, se mete en tu casa, la cosa está fea”.
Es
la voz de un hombre que hoy, a pesar de sus 76 años a cuestas, sigue en la
brega de la música tropical colombiana con su propia agrupación “La Cuqui Band”,
alegrando las fiestas en clubes sociales de la Arenosa y varios rincones del departamento del
Atlántico.
Me
recibe efusivamente haciéndome pasar a su hogar. Hogar construido a punta de
voz. Un hogar que no posee vigas ni cimientos, solo el vibrato de su voz lo sostiene.
Es decir, la música ahí está apresada en los hilos de los días. Su esposa Ana
Santos y cuatro de sus trece hijos del matrimonio, allí presentes, me miran
sorprendidos como diciéndose para sus adentros: ¡Al fin se acordaron de Gustavo Barros González, el cantante original
de Que me coma el tigre!
Sí,
el mismo que viste y calza, Gustavo Barros González, el intérprete de una
de las canciones más populares de
Colombia, compuesta por Eugenio García Cueto, quien entre otras cosas, le
incluyó una especie de epanadiplosis en una de sus estrofas. Esa melodía fue grabada por Nelson Díaz y el combo de Duque
Palomino en 1968 (Sello Tropical), para ser más exacto, en
pleno carnaval de Barranquilla, presidido
por la bellísima y alegre soberana Rocío García Bossa.
Matemáticas o Música
Después
de haber recibido el título de bachiller otorgado por el Colegio Barranquilla
para varones, Gustavo Barros González sentía que el gusanillo de la música le hacía cosquillas por dentro, muy a pesar de
que sus padres al ver los buenos resultados obtenidos por él en Matemáticas, le
insinuaban una licenciatura en esa área,
en la Universidad del Atlántico, pero Gustavo, el enjuto adolescente nacido un
9 de marzo en el barrio Abajo de Barranquilla, sabía perfectamente que las
puertas de su pequeño universo de aquel entonces, estaban abiertas de par en
par en el templo de la musa Euterpe:
“A pesar de que los profesores me decían Pitágoras, no
estudié Matemáticas. No lo pensé dos veces, lo mío era la música. Pasaba de
fiesta en fiesta, esperando que me dieran la oportunidad de cantar en el grupo
del maestro Over López, el padre de la dinastía musical de los López, acá en
Curramba. A ese señor le debo mucho, me recomendó con el maestro Carlos Ariza
Cotes, el mismo director de Ariza y su combo, aquel famoso grupo compuesto por
un formato de saxofón, bajo, guitarras eléctricas y percusión, además me ayudó a moldear mi voz. Óigala, amigo
periodista, como suena todavía:
¡Son, son, son, ay que rico son, descarga en saxofón!
¡Baila, baila,
baila pa´gozar, esta es la descarga para vacilar!”...
Del Grill Jimmy
Lounge a Discos Tropical
La
tarde del debut en el famoso Grill Jimmy
Lounge de propiedad de Alberto Navarro, en los bajos del Hotel Majestic en
Barranquilla, parecía agitar el oleaje
de las horas con frenesí cuando esta joven promesa del canto popular
interpretaba sus primeras canciones con
Ariza y su combo. Entre el selecto público se hallaba una persona muy querida
en la sociedad barranquillera de la época, don Emilio Fortú (dueño de Discos
Tropical), quien no dudó en contratarlos enseguida para grabar en su casa
discográfica:
“A la semana siguiente ya estábamos grabando nuestro
primer larga duración (L.P.), de donde se destacaron los éxitos: Descarga en saxofón
y Alicia adorada. La lluvia de contratos no se hizo esperar. Recuerdo que
tocábamos los fines de semana en dos partes, primero desde las dos de la tarde hasta las siete de la noche en el
bar – restaurante El escorpión (propiedad de Salvador Jassir) en Puerto
Colombia, donde muchas veces alternamos con
Pacho Galán, Aníbal Velásquez, Arístides Marimón, La Protesta de
Colombia dirigida por el pianista Mario Fontalvo con las voces de Johnny Arzuza y el Joe
Arroyo, un jovencito, tenor lírico que más tarde se convertiría en el mejor cantante de Colombia en todos los
tiempos y segundo, a las nueve de la noche sonábamos con mucho sabor en el
Jimmy Lounge. Años sucesivos, grabaríamos más long plays con verdaderos sucesos musicales como:
Caracoles de colores, La Borrachona, hasta cuando el maestro Ariza fue contratado por un buen billete en
exclusiva para Discos Fuentes. Se fue
sin decirnos nada. Luego, Nelson Díaz, un gran saxofonista soprano, Duque
Palomino y yo nos quedamos acá en el Sello Tropical; formamos un gran Combo
también con saxo, clarinete, bajo, guitarras, percusión y le incorporamos
violines. Empezamos a grabar varios
temas y como dicen por ahí, se vino una choricera de éxitos: Chili, Cañaveral, Joselina,
Triste desengaño y por supuesto, el jonrón: Que me coma el tigre, melodía que a
propósito fue incluida a última hora en la pasta fonográfica, por la
insistencia de su compositor, un señor Eugenio García Cueto. Recuerdo como si
fuera hoy mismo, todo lo que hizo ese compositor para que le grabaran su
canción y fíjate lo que son las cosas de la vida, resultó siendo el éxito de
ese L.P. y la canción del carnaval del 68. Fue tan clamorosa la influencia que
logró alcanzar ese tema, que su fama trascendió las fronteras nacionales. Fue
grabado en muchas otras versiones en nuestro
país y el exterior por grandes orquestas y famosos intérpretes como Diomedes
Díaz, Lola Flores, Alberto Maraví, Lucho Argaín con la Sonora Dinamita y Charros
de Lumaco... Gracias a esa canción a todos nos fue muy bien, incluyendo a su
compositor que años más tarde, le grabarían Nuncira Machado, Manuel Villanueva,
Joe Arroyo, Los Blanco de Venezuela
otros éxitos como la Mula baya, el Marinero, las Arepas”.
Más apoyo a la música
de la tierra
Este
cantor que trabajó
en Bogotá para el acreditado grill La Muela (Séptima con 18) del
sargento Pinto Barros, que también estuvo vinculado a la nómina de los Platinos
del maestro Álvaro Cárdenas Román en Cartagena, el trovador alegre que gracia a
su voz (la que aún cuida como si fuese una niña consentida) , logró educar a
todos sus hijos, el sonero de baja estatura, pero gigante de corazón, el que
sigue vigente y siente una profunda admiración por el cantante Juan Piña y los
desaparecidos Tony Zúñiga y Joe Arroyo, por los compositores Adolfo Echeverría y Adolfo
Pacheco Anillo, ahora llora aplastando como un niño su nariz contra el vitral
de la ventana, cuando se refiere a las
emisoras de frecuencia modulada que solo programan champeta, reggaetón, merengue y casi
nada de la música tropical colombiana, llámese porro, fandango, cumbia, merecumbé,
salsa y paseíto:
“Da tristeza lo
que están haciendo los programadores de la banda F.M. con nuestros músicos de
la costa y de toda la nación. Es decir, desprecian el gran potencial de un Checo Acosta, Juan Piña,
Álvaro Ricardo, Chelito de Castro, Edwin Gómez, el Pin Ojeda, Pelusa y su banda
Caramba, Tupamaros, Niche, Guayacán, Sensación orquesta, Fruko y sus tesos…
Agradeciéndole
su deferencia, salí de su residencia, sintiendo a mis espaldas el eco de su
voz:
“Entonces, me subo en el árbol, me subo en la loma, me tiro en el río.
El tigre se sube en el árbol, se sube en la loma, se tira
en el río.
Entonces, me salgo del río, me meto en tu casa donde
no me vea.
El
tigre se sale del río, se mete en tu
casa, la cosa está fea”.
De regreso a mi hogar me
puse a pensar en medio del coqueteo de una
leve brisa nocturna que seducía en esos instantes, en un bello verso del poeta salvadoreño, Jorge
Galán: “Ahí donde las épocas del mundo se volvieron memoria de la dicha para
dejarnos solos”.
¡Así están los músicos de nuestra patria, solos! ¡No
pueden avanzar lo que quisieran porque el desierto que pretenden transitar se
vuelve más extendido!
¡Si no hacemos algo, entonces sí, se los comerá el tigre!
*Locutor, poeta,
docente y escritor
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