El
salario mínimo, según María de los Ángeles
Por Tito Mejía Sarmiento
Mi vecina, María de los Ángeles Cañate Cáceres, es una gruesa y hermosa morena de pelo crespo, sin olvidar por supuesto, la trinitaria flor que la ha perfumado siempre en su oreja derecha, trabajadora incansable, mujer fuerte, que se ha hecho a sí misma cada mañana, en su pequeña empresa de bollos de mazorca y de queso…, que entre otras cosas, le ha medio permitido para levantar a su prole, ya que su marido la abandonó, yéndose detrás de las faldas de una catira, allá en Venezuela hace más de dos décadas. Pero ella no ha querido enamorarse de otro hombre porque teme que una lluvia de múltiples requiebros la sorprenda en la calle y borre para siempre, el canto de amor que su guerrero amante dejó regado por toda su piel.
Mi vecina, María de los Ángeles Cañate Cáceres, es una gruesa y hermosa morena de pelo crespo, sin olvidar por supuesto, la trinitaria flor que la ha perfumado siempre en su oreja derecha, trabajadora incansable, mujer fuerte, que se ha hecho a sí misma cada mañana, en su pequeña empresa de bollos de mazorca y de queso…, que entre otras cosas, le ha medio permitido para levantar a su prole, ya que su marido la abandonó, yéndose detrás de las faldas de una catira, allá en Venezuela hace más de dos décadas. Pero ella no ha querido enamorarse de otro hombre porque teme que una lluvia de múltiples requiebros la sorprenda en la calle y borre para siempre, el canto de amor que su guerrero amante dejó regado por toda su piel.
Como para no perder su habitual condición de lenguaraz, se asomó bien temprano el dos de enero del año nuevo 2016, por la ventana marroncita de su casa, como dice la canción de Diomedes Díaz, y me soltó con su estentórea voz, esa típica expresión caribeña que aún resuena en mis tímpanos, cuando se le preguntó por el nuevo salario mínimo: ¡Este año comeremos mierda, amigo poeta!
— ¿Y por qué dice eso, doña María de los Ángeles?
— ¡No te la tires de pendejo! ¡Tú muy bien sabes de qué te estoy hablando. Te lees como cuatro periódicos diarios y sé que estás enterado! —Me recrimina frunciendo el ceño, antes de transcurrir con su perorata:
—Con esos aumentos tan descarados en los principales alimentos de la canasta familiar que acaban de clavarnos, nos jodimos, pero bien jodidos. El gobierno cree que uno puede comer muy bien con $689.454 Fíjate que ya el tal IVA ese, viene con un 19 %. Por eso, este año 2016 por lo que presiento, los pobres nos robaremos la tranquilidad de los gatos y los ricos nos robarán algo más que nuestro propio sueño, o sea que con este salario mínimo, vamos a comer mierda y esto lo expreso para algunos que tienen un trabajo miserable y mienten cuando dicen que les encanta mucho.
Hasta razón tiene mi vecina María de los Ángeles porque según los analistas económicos, la inflación llegará al 6,8 %, las tarifas del servicio público serán las más altas de Latinoamérica, el salario mínimo $689.454, uno de los más bajos del mundo y para completar, Colombia está en la lista de los 15 países con el combustible más costoso del planeta.
Las centrales obreras esperaban que el aumento del
gobierno fuese más racional de acuerdo con las posibilidades de la industria y
el comercio, es decir, del perfeccionamiento laboral de Colombia, con la
comprensión de que no debería ser ni muy bajo, que llevara a que los
trabajadores perdieran la capacidad adquisitiva del empleo o muy superior que
promoviera la informalidad de sus funciones, pero nada, como casi todos
los últimos doce años, el sueldo mínimo se firmó por decreto y entonces, como
dice un bello trozo de la poeta Marge Piercy : “El camino termina al pie
de esa muralla, blanda, que se escurre”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario